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Apologetics Press :: Creación vs. Evolución

Mirar es Creer—el Diseño del Ojo Humano
por Taylor Richardson
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Si alguno de sus amigos le preguntara, “¿Cómo sabe si Dios existe?”, ¿qué diría? Existen varias maneras diferentes de probar la existencia de Dios, ya que Dios nos ha dado mucha evidencia. Por ejemplo, algunas veces encontramos esa evidencia en cosas que vemos en el Universo, como el Sol. El Sol es como una máquina nuclear gigante. Este desprende más energía en un solo segundo de lo que la humanidad ha producido desde la Creación. Convierte 8 millones de toneladas de materia en energía cada segundo, y tiene una temperatura interior de más de 20 millones de grados Celsius (vea Lawton, 1981). Algunas veces encontramos evidencia en el reino animal. Por ejemplo, considere la araña de seda dorada. Libra por libra, la tela de resistencia de esta araña es cinco veces más fuerte que el acero y dos veces más fuerte que el material con que se fabrican actualmente los chalecos antibalas de los equipos de armas y tácticas especiales (SWAT). De hecho, debido a su impresionante resistencia y elasticidad, se ha dicho que se pudiera atrapar un avión comercial con la tela de esta araña del grosor de un lápiz.

Y algunas veces la evidencia para la existencia de Dios puede ser encontrada dentro de nuestros propios cuerpos. El escritor del libro de Hebreos habló acerca de esta evidencia cuando dijo: “Porque toda casa es hecha por alguno; pero el que hizo todas las cosas es Dios” (3:4).

Uno de los mejores ejemplos de diseño en el cuerpo humano es el ojo. Incluso Charles Darwin luchó con el problema de cómo explicar que este órgano complejo como el ojo pudiera haber “evolucionado” a través de procesos naturales. En El Origen de las Especies escribió:

Suponer que el ojo con todos sus aparatos inimitables para ajustar el foco a distancias diferentes, para aceptar cantidades diferentes de luz y para corregir la aberración esférica y cromática, pudiera haber sido formado por selección natural, parece, yo libremente confieso, absurdo en el sentido más alto (1859, p. 170, énfasis añadido).

Pero aunque Darwin reconoció que el ojo no pudo haber evolucionado, continuó argumentando que este realmente había sido producido por selección natural a través de procesos evolutivos. Parece, después de todo, como si Darwin casi no pudiera decidir qué creer con respecto al ojo. Pero él no es el único que ha luchado para explicar, desde un punto de vista naturalista, la complejidad del ojo. El evolucionista Robert Jastrow una vez escribió:

El ojo es un instrumento maravilloso, pareciéndose a un telescopio de la más alta calidad, con un lente, un foco ajustable, un diafragma variable para controlar la cantidad de luz y correcciones ópticas para la aberración esférica y cromática. El ojo parece haber sido diseñado; ningún diseñador de telescopios pudo haber hecho un mejor trabajo. ¿Cómo pudo este instrumento maravilloso haber evolucionado por casualidad, a través de una sucesión de eventos al azar? (1981, pp. 96-97, énfasis añadido).

Realmente eso sería imposible. Aunque el Dr. Jastrow argumentó que “el hecho de la evolución no está en tela de duda”, también confesó que “...no parece haber prueba directa de que la evolución pude obrar estos milagros... Es difícil aceptar la evolución del ojo como un producto de la casualidad” (1981, pp. 101,97,98, énfasis añadido). Al considerar la complejidad extrema del ojo, es fácil entender por qué Jastrow haría tal comentario. En su libro, Does God Believe in Atheists? (¿Cree Dios en los Ateos?), John Blanchard describió exactamente cuán complejo es realmente el ojo.

El ojo humano es realmente un fenómeno sorprendente. Aunque da cuenta solamente por una cuatro-milésima parte del peso de un adulto, este es el medio que procesa algo del 80% de la información recibida del mundo exterior. La pequeña retina contiene alrededor de 130 millones de células en forma de barras, la cuales detectan la intensidad de la luz y transmiten impulsos a la corteza visual del cerebro por medio de algo de un millón de fibras nerviosas, mientras que alrededor de seis millones de células en forma de conos realizan el mismo trabajo, pero responden específicamente a la variación del color. Los ojos pueden controlar 500,000 mensajes simultáneamente. Los párpados pueden limpiar ambos ojos simultáneamente en una cinco-milésima de segundo con un fluido que es producido en la cantidad exacta (2000, p. 313).

Los enunciados como estos prueban que el ojo fue bien diseñado, y es tan complicado que no pudo haber llegado a existir por accidente, como la evolución enseña.

EL DISEÑO DEL OJO

La anatomía del ojo fue primero examinada y registrada en Alejandría, Egipto, en el primer siglo d.C. Un anatomista, Rufo de Éfeso, describió las partes principales del ojo, las cuales incluían la córnea en forma de cúpula en la parte frontal, el iris de colores, el lente y el humor vítreo (el cual da al ojo su apariencia brillante). Hoy en día, gracias a los microscopios, nosotros sabemos que estas, juntas con otras muchas partes del ojo, trabajan en armonía para producir el don de la vista.

La capa blanca externa del ojo se llama la esclera, más comúnmente conocida como lo “blanco del ojo”. Esta capa es un tejido fibroso extremadamente durable que se extiende desde la córnea (la sección frontal clara del ojo) hasta el nervio óptico (en la parte trasera del ojo). Seis músculos diminutos (conocidos como los músculos extraoculares o MEO) se conectan a la esclera alrededor del ojo y controlan los movimientos del ojo. Cuatro de los músculos (conocidos como los músculos rectos) controlan el movimiento horizontal y vertical, mientras que dos (músculos oblicuos) controlan la rotación. Todos estos seis músculos trabajan juntos para que el ojo se mueva suavemente.

El interior del ojo puede ser dividido funcionalmente en dos partes distintas. La primera parte es el mecanismo físico “dióptrico” (de la palabra griega dioptra que significa algo por lo cual uno mira) que controla la luz entrante. Esto incluye la córnea, el iris y el lente. La córnea es la ventana transparente en forma de cúpula (alrededor de once milímetros de diámetro) que cubre la parte frontal del ojo. Su función más importante es proteger los componentes delicados del ojo del daño de organismos extraños. Por ende, la córnea actúa como el vidrio de un reloj, permitiéndonos ver a través de la “ventana” de nuestro ojo mientras que protege los componentes internos de suciedad o químicos dañinos. La córnea también controla la mayor parte de la refracción (la habilidad del ojo de cambiar la dirección de la luz para enfocarla en la retina) y trabaja con el lente para ayudar a enfocar artículos vistos a distancias variables mientras que cambia su curvatura. El iris y la pupila trabajan juntos para dejar pasar la cantidad exacta de luz. Existen dos grupos de músculos opuestos que regulan el tamaño de la abertura (o la pupila) de acuerdo a la luminosidad o la palidez de la luz. Si la luz es brillante, el iris se estrecha, permitiendo que poca luz pase; pero si la luz es oscura, el iris se dilata o expande, permitiendo que pase más luz. La luz (o imagen) entonces pasa por un lente que tiene la habilidad de ajustar su forma para ayudarle a clarificar la imagen al cambiar la longitud focal del lente entre 40.4 y 69.9 milímetros donde es entonces enfocada (en una forma invertida) en la retina.

Entre el lente y la retina hay una sustancia transparente (el fluido vítreo) que llena el centro del ojo. Esta sustancia es importante porque no solamente da al ojo su forma esférica, sino también provee nutrición para los vasos retinales dentro del ojo. En los niños, el vítreo se siente como un gel, pero mientras crecemos, se hace menos espeso gradualmente y llega a ser más como un líquido.

La segunda parte es el área receptora de la retina donde la luz activa procesos en las células nerviosas. La retina cumple un rol clave en la percepción visual. En su libro, The Wonder of Man (La Maravilla del Hombre), Werner Gitt explica cómo la retina es una obra maestra de diseño de ingeniería.

Un simple milímetro cuadrado de la retina contiene aproximadamente 400,000 sensores ópticos. Para tener una idea de tal cantidad, imagine una esfera en cuya superficie se dibujan círculos del tamaño de pelotas de tenis. Estos círculos están separados el uno del otro por la misma distancia que la de su diámetro. Para acomodar estos 400,000 círculos, la esfera debe tener un diámetro de 52 metros (1999, p. 15).

Alan L. Gillen también alabó el diseño de la retina en su libro, Body by Design (Cuerpo por Diseño).

El componente más impresionante del ojo es el “rollo fotográfico” conocido como la retina. Esta capa sensible a la luz que se encuentra en la parte trasera del globo ocular es más delgada que una hoja de bolsa plástica y es más sensible a la luz que cualquier rollo hecho por el hombre. El mejor rollo de cámara puede controlar un radio de 1000 fotones-a-1 en términos de intensidad de luz. Por comparación, las células retinales humanas pueden controlar un radio de 10 billones-a-1 sobre el índice dinámico de longitud de onda de 380 a 750 nanómetros. ¡El ojo humano puede detectar tan poco como un solo fotón de luz en la oscuridad! En la luz del día brillante, la retina puede atenuar la luz, fijando su “control de volumen” muy bajo para no sufrir sobrecarga. Las células sensibles a la luz de la retina son como un amplificador de alto aumento extremadamente complejo que puede magnificar el sonido más de un millón de veces (2001, pp. 97-98, énfasis añadido).

Sin duda alguna, esta capa delgada (de solamente 0.2 mm) de tejido nervioso es una maravilla de ingeniería. Esta contiene células fotorreceptoras (sensibles a la luz), cuatro tipos de células nerviosas, células estructurales y células de pigmento epitelial. Las dos clases de células fotorreceptoras son referidas como barras y conos a causa de su forma. Cada ojo tiene alrededor de 130 millones de barras y 7 millones de conos. Las barras son muy sensibles a la luz (sea brillante o tenue), y permiten que el ojo vea en blanco y negro. Por otro lado, los conos no son tan sensibles como las barras y funcionan óptimamente solo en la luz del día. Existen tres tipos diferentes de conos—de luz roja, de luz verde y luz azul—que son sensibles a su color o luz respectiva y permiten que el ojo vea a todo color. Las barras y los conos convierten las diferentes luces en señales químicas que viajan por el nervio óptico hacia el cerebro.

Las imágenes producidas por el mecanismo dióptrico no son solamente miniaturizadas y volteadas boca abajo, sino también son invertidas de derecha a izquierda. Los nervios ópticos de ambos ojos se dividen y se cruzan en tal manera que las mitades izquierdas de las imágenes de ambos ojos son recibidas por el hemisferio derecho del cerebro, mientras que las mitades derechas son recibidas por el izquierdo. Cada mitad del cerebro del observador recibe información de solamente una mitad de la imagen. Como Gitt explicó, “Note que, aunque el cerebro procesa partes diferentes de la imagen en varias ubicaciones remotas, las dos mitades del campo de la visión son reunidas sin costura, sin ningún rasgo de unión—¡increíblemente! Este proceso está lejos de ser completamente entendido” (p. 17). Es difícil creer que este sistema de visión invertida pudiera haber sido producido a través de la evolución.

Ya que los ojos son uno de los órganos más importantes del cuerpo, se debe cuidar de estos constantemente. Y Dios diseñó justo este sistema incorporado de limpieza que consiste de las pestañas, párpados y glándulas lacrimales. Las glándulas lacrimales producen un flujo estable de lágrimas que limpia el polvo y otros materiales ajenos. Las lágrimas también contienen un potente agente antimicrobiano conocido como lisozima que destruye las bacterias, virus, etc. Los párpados y las pestañas trabajan juntos para evitar que el polvo y la suciedad entren al ojo. Los párpados actúan como limpiaparabrisas, parpadeando 3-6 veces por minuto para humedecer y limpiar el ojo.

Por muchos años, los científicos han comparado el ojo a la cámara moderna hecha por el hombre (vea Miller, 1960, p. 315; Nourse, 1964, p. 154; Gardener, 1994, p. 105). En verdad, el ojo y la cámara sí tienen muchas cosas en común. Si la función de la cámara demanda que esta fue “hecha”, ¿no es esto razón suficiente para que la cámara humana más compleja, el ojo, también haya tenido un Hacedor? Alan Gillen llegó a una conclusión precisa cuando escribió: “Ninguna cámara humana, dispositivo artificial o dispositivo procesado por computadora y sensible a la luz puede compararse a la ingeniosidad del ojo humano. Solamente un maestro en ingeniería con una inteligencia superior pudiera fabricar una serie de partes y reacciones interdependientes sensibles a la luz” (p. 99, énfasis añadido). Ese maestro de ingeniería es Dios. El escritor de Proverbios reveló esta verdad cuando dijo: “El oído que oye, y el ojo que ve, ambas cosas igualmente ha hecho Jehová” (20:12).

REFERENCIAS

Blanchard, John (2000), Does God Believe in Atheists? (Auburn, MA: Evangelical Press).

Darwin, Charles (1859), On the Origin of Species (Cambridge, MA: Harvard University Press; a facsimile of the first edition).

Gardner, Lynn (1994), Christianity Stands True (Joplin, MO: College Press).

Gillen, Alan L. (2001), Body by Design (Green Forest, AR: Master Books).

Gitt, Werner (1999), The Wonder of Man (Bielefeld, Germany: Christliche Literatur-Verbreitung E.V.).

Jastrow, Robert (1981), The Enchanted Loom: Mind in the Universe (New York: Simon and Schuster).

Lawton, April (1981), “From Here to Infinity,” Science Digest, 89[1]:98-105, January/February.

Miller, Benjamin y Goode, Ruth (1960), Man and His Body (New York: Simon and Schuster).

Nourse, Alan E., ed. (1964), The Body (New York: Time, Inc.).



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